Date una pausa… pero no claudiques
En verdad, cuando tienes el firme propósito de hacer las cosas, cuando ya te has mentalizado y decidido a ir por todo… ¡algo ha de pasar!
No sé si les ha sucedido que organizan y preparan con antelación todo para, por ejemplo, salir el fin de semana y, de pronto, les habla la hermana para pedirles que, de favor, le cuiden a su chiquito.
O, en mi caso, después de pensármelo veinte mil veces, por fin me inscribí en algo que siempre me ha encantado: ¡levantar un poquito de pesas!
Y noten que lo digo quedito y en chiquito: pesitas, ja, ja, ja.
Por cierto, ¡cómo me han criticado mis hermanas, mis amiwis y mis hijas! Pero yo, duro que dale, acudí a pedir los requisitos y, aunque el mar parecía estar en mi contra, heme ahí, salvando todos los escollos para conseguirlo y, además, coordinarlo con la natación, que tanto me gusta.
Y bueno, llegó el grandioso día.
Me recibió un entrenador bastante presentable —no de esos con sus musculotes todos hechos bola—, muy accesible, que comenzó preguntándome qué pretendía conseguir con el ejercicio, cuáles eran mis enfermedades, mis dolencias y demás cuestiones por el estilo.
Además, tenía un olor muy agradable (a limpio, a fresco) y era bastante paciente, situación que también terminó por complacerme.
Y bueno, ¡ahí vamos!
El primer día, muy bien. Lentito, lentito, poco a poco, siguiendo las instrucciones precisas de mi nuevo entrenador.
Salgo de esa primera clase contenta, después de realizar pocos, pero efectivos, ejercicios. Todo marchaba estupendamente.
Sin embargo, durante el transcurso del día, mientras realizaba mis actividades cotidianas, me agacho para recoger algo y…
¡Un enorme tirón en la parte baja de la espalda!
¡¡¡Wooow!!!
¡Qué dolor tan fuerte! No me permitía enderezarme, ni sentarme, ni pararme… ¡ni nada!
Creo que me partí en dos. Por lo menos, así lo sentía yo.
¡Urgencias médicas!
«Esta señora está pariendo por la espalda», parecía decir la expresión de quienes me atendían.
Y nada, resulta que un simple mal movimiento me había ocasionado una lumbalgia que, con antiinflamatorios, relajantes musculares y reposo, terminaría por desaparecer.
Y así fue.
Al quinto día volví a sentirme como nueva. Solo que ahora me voy a tomar las cosas en dosis mucho más pequeñas, porque terminé como el perro de las dos tortas: ¡sin nadar y sin levantar pesas!
Y bueno, todo esto viene a cuento porque, a veces, es necesario darse un respiro y no querer tragarse todo el aire de una sola bocanada.
Ya lo decía mi buen amigo… ¡Ja! Se me olvidó su nombre, pero decía algo así:
«Más vale paso que dure y no trote que canse».
Y es verdad. Así es como deberíamos tomarnos muchas de las cosas que nos suceden en la vida.
Por ejemplo:
Se terminó una relación, ya sea de amistad, noviazgo o matrimonio.
Te despidieron del trabajo o te sientes demasiado presionado en él.
Se te casó un hijo.
Se fue un ser querido.
Reprobaste una materia o perdiste el año escolar.
Para esos casos y muchos otros que probablemente te parezcan mucho más catastróficos, yo te diría:
Date una pausa… pero no claudiques.
Permítete detenerte un momento, recuperar el aliento, reorganizar tus pensamientos y retomar el camino.
Porque hacer una pausa no significa renunciar a tus propósitos. A veces, simplemente necesitamos avanzar más despacio para poder llegar más lejos.
Y, como siempre, mis mejores deseos.
GCuadra
Psicóloga





